Como padres nunca queremos que nuestros hijos sufran, o sientan miedo. Por eso, la semana pasada, cuando vivimos muy de cerca el tiroteo en Stoneman Douglas High School, en nuestra ciudad, me paralicé. Mis hijos estaban conmigo (los niños que estaban en el colegio a esa hora estuvieron en “lockdown” hasta las 6 de la tarde) pero estaban jugando tranquilos mientras yo me daba cuenta de la gravedad de lo que estaba pasando. Mi reacción inicial fue la negación: apagué todos los televisores de la casa, y no les dije nada. Me aterraba que de un momento a otro perdieran su inocencia y dejaran de ver su ciudad o su colegio como un lugar seguro.

Los distraje como pude, los puse a hacer mil cosas mientras por mi cabeza pasaban oraciones, pensamientos por amigos, incredulidad, tristeza. Me negaba a tener que contarles que una persona había entrado a un colegio, que está a una milla de distancia del de ellos, había disparado a mansalva y había matado a 17 personas y herido a muchos más. Muchos de mis conocidos no tuvieron este lujo de pensar cómo iban a dar la noticia: algunos tuvieron que ir con sus hijos pequeños al colegio a buscar a sus hermanos, otros niños tuvieron que oír de primera mano la preocupación de sus padres por no saber nada de sus hijos. A muchos les tocó estar encerrados en el colegio por muchas horas.

Mis hijos jugaban inocentemente en el jardín mientras yo veía los helicópteros a lo lejos. Me negaba a decirles nada: es muy fuerte, no lo van a entender, voy a transmitirles miedo pensaba. Y así pasamos la tarde. Hasta que me di cuenta que no era justo para ellos, para nuestra familia, y para nuestra ciudad, mantenerlos al margen de esta tragedia. A pesar de que quería con todas mis fuerzas que no tuvieran que enterarse, sabía que tenía que ser yo la que se los contara.

No di muchas explicaciones, y traté de ser lo mas clara posible. La cara de mis hijos me decía que no entendían lo que les estaba diciendo. Me hacían preguntas, se preocupaban por su colegio, pero su inocencia no les permitía enfrentarse a esta realidad. Y allí fue cuando me di cuenta que tratar de evitar su sufrimiento es solo un impulso, mamá gallina al ataque; pero si queremos educar hombres y mujeres compasivos, solidarios y buenos, la estrategia no es que vivan en un mundo de fantasía, sino que desde pequeños puedan enfrentarse a la realidad que les tocó vivir y hacerlo lo mejor que puedan.

Con eso en mente nos fuimos a la vigilia al día siguiente. Iban saltando y brincando, sin tener idea a lo que se iban a enfrentar. Cuando llegamos al parque, lleno de miles de personas, con velas encendidas y con la tristeza en los rostros todo se volvió muy real. Mis niñitos veían con cara de asombro a su mamá llorar mientras leían los nombres de los fallecidos, y en ese momento sé que su corazón se hizo un poquito más grande: supieron lo que es preocuparse por los demás, entristecerse con sus tristezas, acompañar a otros en su dolor. El habernos ido de Venezuela nos robó de la capacidad de acompañar a nuestros compatriotas en el sufrimiento que se vive allá todos los días, y a pesar de que todos los días rezamos por Venezuela, y les contamos muchas cosas, a mis hijos no les había tocado enfrentarse tan de cerca a una realidad como la muerte y el sufrimiento.

La vida es dura, y está llena momentos difíciles. Hacemos un flaco favor a nuestros hijos al tratar de tapar esta realidad. No es cuestión de hablarles de todo, ni de contarles las malas noticias con lujo de detalles y video incluido. La inocencia y la niñez de nuestros hijos es algo que debemos proteger, sobre todo la de los más pequeños, que definitivamente no van a entender nada. Pero a medida que van creciendo y más allá de todo esto, ojalá tengamos siempre la valentía de ayudarlos a CRECER; y una parte importante de crecer es enseñarlos a enfrentarse a todas estas cosas: ya sea la pobreza en nuestro país para que sean más generosos, o la muerte para que entiendan lo valioso que es la vida, o el sufrimiento de los demás para que tengan la oportunidad de acompañarlos y ayudarlos. Tal vez no podamos cambiar estas duras realidades, pero educar personas que sepan cómo actuar ante el sufrimiento, es ya un gran avance.

Articulo escrito por: Maria Vero Degwitz
Blog: En la sala de mi casa

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